En el mundo contemporáneo el consumo de diferentes sustancias – y podría decirse de una manera más general que el consumo en sí mismo, de cualquier cosa que uno piensese ha convertido para muchos jóvenes en algo banal, casi legítimo, al alcance de la totalidad de la población. Sin embargo, es un fenómeno bastante nuevo en la historia de la humanidad, por lo menos en la forma masiva como lo conocemos actualmente. Porque es cierto que en todas las culturas se ha buscado modificar los estados de la conciencia por medios artificiales –siendo quizás el principal y más común el alcohol- pero en la gran mayoría de los casos esto ocurre dentro de contextos altamente ritualizados, es un comportamiento de adultos y se presenta por períodos relativamente cortos de tiempo; no ocurre así con las que llamamos ‘drogas ilícitas’, cuyo consumo masivo se presenta especialmente entre los jóvenes, con unos niveles mínimos de ritualización –es decir, de control social- y que puede prolongarse durante meses o años como un acto estrictamente de decisión individual.

Pero consumir sustancias –legales o ilegales- implica una responsabilidad de múltiples estamentos de la sociedad: los individuos, la familia, la escuela; es una gran mentira decir que se trata de un hecho que solo afecta al individuo, porque nadie vive en completo aislamiento de su medio, porque lo que cada uno de nosotros hace afecta, para bien o par mal, a otras personas, y porque el consumo de sustancias tiene impacto sobre la salud, sobre las relaciones interpersonales, sobre la economía y, aun cuando no parezca obvio, tiene mucho que ver con las graves situaciones de orden público que se fundamentan en la utilización de los inmensos beneficios económicos que generan la producción, tráfico y distribución nacionales e internacionales de ‘drogas’ por parte de grupos armados al margen de la ley.

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