Un repaso por los tratamientos conocidos. También una alternativa que, de funcionar, podría ayudar a tratar la adicción y, al mismo tiempo, ayudar a los cultivadores de hoja de coca colombianos.

El pasado 19 de agosto, alrededor de 300 personas que habían sido desalojadas del expendio de drogas más grande de Colombia regresaban lentamente al mismo caño que horas atrás había arrastrado a una decena de ellos cuando una creciente los sorprendió la madrugada anterior. Que varios centenares de personas rechazaran la opción de pasar la noche en uno de los albergues que la Alcaldía ofrecía para volver a un caño que horas atrás los había arrastrado evidenció la profunda ruptura entre ellos y el gobierno de la ciudad.

La razón: un polvo inerte color hueso llamado basuco.

Para la Alcaldía, como me dijeron funcionarios de la Secretaría de Integración Social, es esencial que quienes se acojan a sus programas de atención para adictos a las drogas interrumpan, así sea por unas horas, el consumo de basuco, la sustancia más consumida por quienes residían en El Bronx hasta que este fue desalojado el 28 de mayo de este año. Desde la otra orilla, alguna gente del Bronx ha demostrado que no está dispuesta a ir a ninguna parte sin el basuco y a estar, literalmente, donde sea. ¿Qué tan adictivo puede llegar a ser un polvo inerte color hueso?

La pasta base de coca (el basuco) y su primo, el crack, son el paso histórico más reciente en la carrera de los seres humanos por experimentar formas cada vez más potentes del efecto estimulante que tienen las hojas de coca. El primero se dio hace 161 años, cuando el químico alemán Friederich Gaedecke sintetizó por primera vez el clorhidrato de cocaína, un compuesto elaborado a partir de ecgonina, el alcaloide natural que se encuentra en las hojas. La conquista de Gaedecke fue agregarle un átomo de hidrógeno a la ecgonina para conseguir un compuesto 1.176 veces más soluble en agua.

“Dado que nuestro cuerpo es 70 % agua, esto permite que se inunde con los efectos de la ecgonina mil veces más rápido y con una potencia mil veces mayor”, afirma el psiquiatra boliviano Jorge Hurtado, quien desde 1986 ha venido experimentando con productos elaborados a base de la hoja de coca para mitigar los efectos de la adicción a la clorhidrato de cocaína y al sulfato de cocaína, compuesto básico del basuco.

Si la ventaja de la cocaína frente a la ecgonina era ser soluble en agua, la del sulfato de cocaína sobre la cocaína era ser fumable, lo cual le permite hacer efecto en el cerebro con más potencia y de forma casi inmediata, haciendo que el orgasmo químico de la cocaína sea aún más intenso. Este sulfato de cocaína es el compuesto que se encuentra en una roca de crack o en la pasta base de coca, mejor conocida en Colombia como base sucia de coca o con el acrónimo de ba-su-co.

El caso es que en regiones de Suramérica como Perú y Bolivia, donde el negocio de la coca se limitaba a la pasta base, algún genio descubrió, seguramente por prueba y error, que esta tal base de coca que hasta ese entonces sólo servía para ser empacada y vendida al siguiente eslabón en la cadena tenía su encanto: solo era cuestión de echarle candela.

Por ser barato, potente y adictivo, fumar pasta base de coca fue una práctica que se expandió entre las clases bajas de todo Suramérica desde el primer caso reportado en Perú en 1978 hasta convertirse en el motor de un mercado criminal que es hoy el principal problema de orden público para el alcalde Bogotá.

El doctor en psicología Augusto Pérez ha trabajado con adictos al basuco en Bogotá desde 1986. En estas tres décadas, Pérez ha conocido tres aproximaciones al problema de la adicción a la pasta base en el país: las comunidades terapéuticas, las estrategias cognitivas conductuales y la suya, que llama “fortalecimiento motivacional”.

Las primeras han estado tradicionalmente ligadas con comunidades religiosas (quizá el ejemplo más conocido sea el del padre Javier de Nicoló, fundador y director del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez desde 1969 hasta 2009) y se caracterizan por ser programas en los que el adicto se interna voluntariamente y comienza un proceso en el que va avanzando desde tareas como limpiar baños hasta convertirse en tutor de otros adictos.

Según Pérez, las comunidades terapeúticas tienen la ventaja de acoger al adicto y de ocuparlo de tiempo completo para evitar que recaiga. Sin embargo, según él, las comunidades terapéuticas tienen la desventaja de ser excesivamente confrontacionales: “una persona entraba allá y desde el primer momento hasta el momento en el que terminaba su proceso era una persona de la más baja categoría: un irresponsable, un inmaduro, un mentiroso. Entonces, con el tiempo, lo que lograban era un falso sometimiento que daba lugar a recaídas”.

Las estrategias cognitivas conductuales están inspiradas en las escuelas de la psicología estadounidense que ponen su énfasis en el monitoreo constante de uno mismo para evitar situaciones que ponen al adicto en riesgo de recaída. Pérez comparte este enfoque, funciona muy bien en Estados Unidos”, pero cuestiona su efectividad en Colombia: “nosotros los latinos no somos muy dados a eso de obedecer instrucciones paso a paso. Y yo, personalmente, nunca he sido de los psicólogos que les gusta decirle a la gente lo que tiene hacer “, afirma.

Según Pérez, su enfoque se diferencia de los anteriores en la medida en que es un tratamiento ambulatorio en el que a los adictos ni siquiera se les exige que dejen de consumir, sólo se les pide que asistan a reuniones periódicas en las que discuten acerca del papel que el consumo tiene en sus vidas y lo que les gustaría hacer con ella cuando dejen la droga. Luego los adictos ingresan a una fase en la que se suspende el consumo y se hace énfasis en la prevención de recaídas. “A largo plazo, la idea es reemplazar ese papel que la droga jugaba en la vida del adicto con algo más que puede ser el estudio, un trabajo o un proyecto” , afirma Pérez acerca del enfoque para tratar la adicción al que ha llegado tras décadas de trabajo en campo con adictos.

Sin embargo, el doctor Augusto Pérez reconoce una limitación para su enfoque y los otros dos que, tradicionalmente, han sido probados en Colombia: “Todos pueden funcionar, pero sólo si la persona quiere dejar de consumir. Y creo que hay adictos al basuco que quieren dejar de consumir, así como hay un gran porcentaje, la mayoría, que no. Con esos no veo qué hacer”.

Y son precisamente los que no quieren dejar el basuco los que se fueron hasta el caño, los que se llevó el caño y los que quisieron volver a él.Con aquellos a quienes no les alcanza la fuerza voluntad para controlar o cesar su consumo en mente, la neurobióloga uruguaya Cecilia Scorza ha venido buscando un fármaco para tratar la adicción a la pasta base desde el laboratorio del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable en Montevideo, Uruguay.

La búsqueda de un fármaco para tratar adicciones no ha dado, hasta ahora, resultado. Según Scorza, “no existe un fármaco para tratar las adicciones”. “La estructura del sistema nervioso y las alteraciones que ocurren en él durante la adicción son tan complejas y dependen de tantos factores, que sería muy difícil encontrar una única solución para el adicto”. Desde 2009, Scorza ha venido haciendo investigaciones de laboratorio con muestras de pasta base callejera incautadas por la policía uruguaya en un esfuerzo por comprender qué desencadena la fuerte adicción a la pasta base, el primer paso en la búsqueda del fármaco…

Termina de leer la nota en el Portal VICE

¿Hoja de coca para tratar la adicción al basuco? – Entrevista a nuestro director, Augusto Pérez en el Portal Multimedia Vice
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